Verguenza en el amor

volver con tu ex

A veces solo hace falta tomarte una chela con alguien que te quiera. Quizá ni siquiera hace falta que te quiera, solo que te aprecie un poco. Quizá ni siquiera hace falta que te aprecie, solo que no le disgustes demasiado. En cualquier caso, quizá lo único que necesitas es que te escuchen. O a veces ni siquiera eso. Porque sabes que por ser quien es esa persona no puede o no debe escucharte, que no puedes permitirte contarle lo que de verdad desearías contar, por lo menos saber que aún eres persona, que no eres un monstruo repulsivo y antisocial, que puedes mantener la ficción de hablar un ratito y jugar a que todo va más o menos bien. ¿Ya ven? No se necesita mucho para ser un poco menos infeliz. Solo la ficción de ser persona durante un rato. Que si tuvieras amigos todo iría mejor no lo dudo. Pero no necesitas amigos para evitar el suicidio. Solo personas. No es pedir demasiado ¿verdad?.

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Verguenza

A veces, desearías levantar el teléfono y marcarle a una amiga que vive del otro lado del mundo. Solo que no puedes. Quizá no puedes porque no tienes un teléfono fijo a mano. O aunque lo tengas, quizá no le pediste nunca el número. Podrías, si quisieras, mandarle un mail. Pero eres o crees ser demasiado orgullosa para mendigar un poco de comprensión. Y no lo haces. No lo haces durante un rato hasta que ya no aguantas más y necesitas testear tu red de apoyo para saber si continúa existiendo. Por frágil que esa red sea, necesitas saber que no estás sola del todo. Y escribes el mail. Y entonces la respuesta llega, cruzando océanos y penínsulas, saltándose controles de migración y fronteras, llega sin visado y sin salvoconducto. Del otro lado del mundo, alguien leyó tu mensaje desesperado y supo que necesitabas de sus palabras para continuar existiendo. Y -aunque parezca tan simple- logró sentarse a pensar, pese a la pereza, pese al cansancio, pese a sus propias circunstancias personales que quizá hayan sido malas o peores, y escribió para tí unas líneas, porque sabía que las necesitabas, y te las hizo llegar. Y tú abriste el correo y supiste que existías. Que aún eras persona. Que alguien te recordaba en otro lugar del mundo. Y las ganas de suicidarse remitieron cuando sentiste ese paño caliente en el corazón, cuando sentiste cómo los nervios se iban relajando poco a poco bajo el influjo del cariño transoceánico.

A veces hace falta tan poco. Y a pesar de que hace falta tan poco no lo logras. Porque vivimos en un mundo que está al revés, donde pedir ayuda se considera poco menos que perder la dignidad y la dignidad nunca debe perderse. Porque se supone que somos fuertes. Se supone que somos maduros. Que nunca perdemos el control. Y a cada rato, una persona en algún lugar del mundo se corta las venas, o se ahorca de una viga, o mete la cabeza en un horno o estampa el coche contra un muro. No porque no tenga a quien acudir sino porque el miedo a perder la dignidad le tapa la boca. Y como dijo alguien, la gente no muere perdida en un bosque a causa del frío o de los lobos, sino a causa de la vergüenza. Porque cuando sintieron que estaban perdidos les dió VERGUENZA pedir ayuda. Y cuando al fin la pidieron ya estaban demasiado adentro del bosque. Así que mejor compra unas chelas y cáele a un ser humano esta noche, para que sepas que aún eres persona. Potencial suicida, recuerda: los suicidas no se mueren de pena, sino de vergüenza. Abre la boca y grita. ¿Qué es lo peor que podría pasar?

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